martes, 11 de noviembre de 2014

Siempre quise ir a L.A.


Y ser una rock & roll star. La verdad es que no. La verdad es que donde quise ir fue a San Francisco, y eso fue lo que hice a finales de 2011. Pero ya que estaba en California, y antes de regresar de nuevo a España, decidí conocer la meca del cine. Me alojé en Santa Monica, a unos minutos de las arenas que han pasado a la historia por Los vigilantes de la playa, y del muelle que marca el final de las 2.448 millas de la Ruta 66.
Todo muy mítico, sí, muy peliculero, y no nos vamos a engañar, eso lo envuelve de cierto encanto. Hasta el viajero más puro se deja llevar aquí por algunos tópicos, y todo te dirige hacia lo que nos han vendido a través de la televisión y el cine desde que tenemos conciencia. 
Ya en el mismo youth hostel ofrecen a diario rutas de autobús por las mansiones de los famosos, Beverly Hills, parada panorámica para hacerse la foto con el letrero de Hollywood y comida en el Hard Rock Café de Universal Studios, plagado de tesoros para mitómanos.



Placa original de la serie, en el Hard Rock Café

Al Paseo de la Fama y el teatro donde las estrellas se exhiben glamurosas en cada gala de los Óscar también es difícil resistirse, aunque todo exhala un aire mucho más rancio y deprimente que lo que las películas nos sugieren. Eso me dejó un contrapunto triste, sumado a la despedida de los amigos que dejaba en San Francisco, aunque compensado con el entusiasmo de conocer un nuevo lugar y nuevas personas e historias.

El "backstage" del Paseo de la Fama

Fueron, en definitiva, días intensos. ¿Lo mejor? Como casi siempre, las personas. Conversar con almas libres, como Esteban, un venezolano con quien recorrí los kilómetros y kilómetros de Venice Beach y disfrutar de los momentos mágicos, por inimaginados, que te depara a veces el presente. Y acabar el viaje tomando cervezas en un bar español en pleno L.A., brindando por las almas viajeras. Salud.




domingo, 9 de noviembre de 2014

Portugal lover II


Por fin llegó el día que había anhelado desde que era un crío. Año tras año les acompañaba, correteando entre las parras, ayudando aquí y allá. Hacía varios que trabajaba duro en la vendimia como uno más. Pero no era uno más, no del todo. Hoy, por fin, con los dieciocho cumplidos, estoy junto a ellos en el momento más importante. Soy, aunque sólo sea por unos minutos, el centro de atención. Mirando hacia el suelo comienza a sonar mi voz. Melódica, refinada, poderosa. Hasta los turistas, ansiosos por degustar las viandas, se olvidan y callan. Voy tomando confianza. Observo de reojo a mis compañeros y noto cómo asienten con orgullo. Elevo al fin la cabeza. Mi voz inunda la sala. Y entonces te veo. Veo cómo tus ojos me traspasan. Y se me olvidan todas las letras.

Seguir descubriendo rincones del bello país vecino. Aprovechar el día libre para subirse al coche, traspasar la frontera y llegar hasta Vila Viçosa*, a sesenta kilómetros de Badajoz. Pasear por la muralla del castillo y transportarme a otra época. Recorrer las rosadas calles pavimentadas del exquisito mármol local. Llegar hasta el Paço Ducal, sede de la Casa de Bragança que ocupa un importante lugar en la historia portuguesa. Hacer un descanso para saborear la ineludible bica de café acompañada de su correspondiente nata. Continuar hasta Borba al comprobar que están celebrando su Festa da Vinha e do Vinho. Dejarte seducir en una tienda de antigüedades. Escuchar los cantes de los vinateros y saborear junto a ellos vino y comida tradicional en una experiencia única, celebrando juntos el final de la vendimia. Rematar la jornada en el Retiro dos Amigos a unos cinco kilómetros de Elvas, con raciones tan enormes como ajustados sus precios. No es la primera vez. Ni será la última. Rodeados de españoles, familias extremeñas que cambian de país para comer en abundancia de cantidad y calidad. Volver a casa. De Portugal a España, del Alentejo a Extremadura. Hasta la próxima.




*Vila Viçosa es una pequeña población de unos nueve mil habitantes que pertenece a la red de villas medievales y que está emplazada en medio de rutas: la del mármol, la del vino, la de los sabores.